Martes 14, octubre 2008 
 
 
 

 

Viernes 30 de septiembre de 2005. Núm. 45 
La bomba y el análisis
 
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La decisión de Hiroshima
Eduardo García Gaspar

Un buen ejercicio de toma de decisiones es la consideración de mandar o no a la bomba atómica sobre una o más ciudades de Japón. Lo políticamente correcto es decir que no, pero la vida es más difícil que esa simpleza tonta de lo aceptado sin análisis. No tomo partido, sencillamente doy datos para que usted decida y lo haga basado en su muy profunda conciencia.

Los mandos militares de Japón habían dado por perdida la guerra desde febrero de 1942. Pero el sistema de mandos hacía imposible aceptar una rendición formal. En junio de 1945, los planes japoneses contenían posibles acciones de defensa, como el uso de 10,000 kamikazes, más de 2 millones de tropas y reservas civiles de 4 millones armados incluso con arcos y flechas. La rendición de Japón costaría muchas vidas.

Los estimados de muertes en las fuerzas aliadas eran de un millón y los estimados para Japón eran de hasta 20 millones, posiblemente la mitad de ese número. ¿Qué hace usted con esas cifras y datos? Stalin no quiere mediar en el conflicto, los japoneses no quieren aceptar la rendición y la guerra continuaría. La más obvia decisión militar seguramente es la de bombardeos convencionales y eso se hizo el primer día de agosto de ese 1945: 820 aviones B29 arrojaron muchas toneladas de explosivos en la zona Kyushu.

Una bomba de plutonio había sido explotada en una prueba antes en Alamogordo, Nuevo México. El 6 de agosto fue arrojada en Hiroshima la bomba de uranio, la sexta ciudad más grande y un puerto importante. Antes se habían arrojado avisos de que la ciudad, de unos 250 mil habitantes, sería destruida. Después del hecho, los japoneses quisieron saber si se trataba de un artefacto nuclear. El 9 de agosto fue arrojada una bomba de plutonio, sobre el objetivo secundario, que era Nagasaki. Había dos bombas más, en caso de ser necesarias.

La segunda bomba apresuró la rendición japonesa, aunque hubo más bombardeos adicionales posteriores. La rendición fue acordada el 14 de agosto, cinco días después de la segunda bomba. El ejercicio de toma de decisión que usted puede hacer para considerar el uso de las bombas debe seleccionar el objetivo, que es la rendición de Japón y el medio mejor para hacerlo. Usted decide sabiendo los estimados de muertes en las opciones esenciales que tiene, la invasión convencional y el bombardeo atómico.

El punto de este ejercicio de decisión, que empecé a poner a mis alumnos este semestre es llevarlos de lo políticamente correcto a la realidad compleja de nuestras sociedades. Es obvio que existen principios morales absolutos e inamovibles, pero la realidad nos hace tener que usar nuestra razón para aplicarlos. En este caso, usted debe decidir entre el número de muertes. Pero además debe considerar las consecuencias futuras de cada opción.

Lo que trato de comunicar a mis alumnos es la necesidad de hacer de lado los reclamos emotivos que ignoran a la realidad. Es muy fácil y llamativo sentarse a hacer o aplaudir un lamento ignorante en favor o en pro del bombardeo atómico de Japón en la II Guerra Mundial. Pero es más complicado aceptar la realidad de una situación imposible de hacer de lado y que necesita solución.

Cuando presento este caso de decisión, tengo miedo de ser mal interpretado. Por una razón: ya que la opinión imperante es la de rechazar ese bombardeo y hacerlo sin mayor análisis, todo el que saca el tema a la superficie y plantea la posibilidad de que quizá no haya sido una mala decisión, corre el riesgo de ser calificado con una serie muy larga de epítetos. Es un riesgo que merece ser aceptado si es que se logra iniciar al estudiante en el hábito del análisis.

Casos similares a éste son los de la deuda externa de países en desarrollo, el combate a las drogas, el papel de los gobiernos en el desarrollo, el imperialismo europeo en África y muchos más, en los que desafortunadamente se tienen imágenes emocionales que aceptan sin cuestionamiento opiniones superficiales y sin fundamento.

Siendo creyente, sostengo que Dios nos dio el poder de razonar y que es un error tanto el dejarlo de usar como el creer que es absolutamente confiable. En nuestra búsqueda de la verdad, Dios nos dio el don de la razón y ejercicios como éste lo fortalecen.

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