Bienestar político
Pasamos ahora a ver aspectos del bienestar político, que se refiere a los ciudadanos en sus relaciones con la autoridad, donde el gobierno es un instrumento para facilitar la vida en sociedad y no puede usar la fuerza contra los ciudadanos, a menos que ellos la hayan usado primero.
Quienes nos gobiernan son hombres como el resto, no son peores, pero tampoco son mejores, aunque puedan con facilidad ser torpes (Ortega y Gasset, José,
La Rebelión de las Masas, Austral, 1986, p.137).
Al comprender esta similitud entre gobernantes y gobernados es que vemos la lógica conclusión de la democracia, seres electos por tiempo definido, por sus iguales y sin más luces, ni mejor entendimiento, ni mayor capacidad, lo que hace imposible la concepción de seres iluminados capaces de llevar a los pueblos a destinos elegidos por rutas por ellos solamente conocidos.
Si el bienestar económico conlleva la idea de una independencia personal, el bienestar político acarrea la misma idea, la de la autonomía individual, que no es otra cosa que la imposibilidad de que la autoridad viole los derechos que son naturales al hombre. Es la limitación de los actos de gobierno al cumplimiento de aquello que es su misión y que es el cuidado de las vidas de las personas y sus propiedades, con la consecuencia lógica de que tampoco el gobierno puede violar los derechos de la persona, pues resultaría incongruente que quien tiene el deber de evitar las violaciones de los derechos en los tratos entre los hombres fuera una institución que los violara ella misma.
Esta posibilidad de mal comportamiento gubernamental es la que ha originado mecanismos para el control de su poder: representantes de la sociedad dentro del gobierno, selección periódica de gobernantes, posibilidad de establecer querellas contra actos de autoridad, división de poderes, la separación entre gobierno y empresas, federalismo, autonomía municipal y todo aquello que contiene al gobierno dentro de estrechos límites.
Para explicar mejor esto, hay que considerar que es dentro del bienestar político que se ponen sobre la mesa las reglas de la sociedad que regulan el comportamiento de los ciudadanos y del gobierno. Son las leyes de respeto a la propiedad personal y de los otros derechos que surgen del respeto a la vida humana; son las leyes que rigen los intercambios entre los ciudadanos y las leyes que rigen las relaciones coercitivas derivadas del poder del gobierno (Buchanan James,
What Should Economists Do?, Liberty Press, Indianapolis, 1979, p. 34).
Es razonable decir que el bienestar político coincide con la existencia de una estructura de leyes que son propicias a la consecución de la felicidad personal, es decir, que permiten la máxima expresión real posible de las iniciativas humanas.
Dentro del bienestar político estamos obligados a plantear una pregunta muy sencilla. ¿Para qué existe un gobierno?
La única explicación razonable es la de que un gobierno sólo sirve para prestar servicios de protección a los derechos de las personas que viven bajo su autoridad de manera que pueda elevarse en bien común y la felicidad personal. El gobierno es como una fuerza común que hace lo que haríamos cada uno de vivir en una situación anárquica, que es defender lo que creemos que es nuestro viendo a la ley como la fuerza común que frena a la injusticia (Bastiat Frederic,
The Law, The Foundation for Economic Education Inc, Irving-on-Hudson, New York, 1987, p. 67).
Al gobierno hemos cedido esos poderes de defensa personal legítima ante ataques de otros con la única idea de que así seamos más felices, de que otros no abusen de nosotros y por tanto, mucho menos deseamos abusos de la propia autoridad. Pero no podremos ser felices sin gobierno, requerimos de esa autoridad para que ella impida abusos y violaciones de nuestros derechos.
Bienestar espiritual
Pasemos ahora a examinar algunas cuestiones relativas al bienestar espiritual, sin que ello signifique que estén separadas de las cuestiones materiales y de las políticas. Está aquí lo que llamamos espiritual, cultural, o moral; las más grandes facultades que tenemos y que constituyen nuestra naturaleza humana.
Podemos pensar, analizar, estudiar, descubrir, sistematizar, aprender, rezar. Podemos reproducir nuestras ideas en lenguajes y hacerlos accesibles a otros, en varios lugares y tiempos. Gozamos, sentimos, amamos, tenemos sueños, deseamos logros, tenemos inquietudes religiosas.
Ninguna de estas capacidades tendría sentido sin ir acompañadas de satisfactores y de la posibilidad de compartirlas con el resto, en un proceso que enriquece a los demás y les hace posible disponer de lo que ellos solos no podrían crear, perdiendo por eso posibilidades de felicidad. Si en la esfera de lo económico se intercambian bienes, en la esfera de lo espiritual se intercambias ideas, bienes, información y formación.
Esto algo que supera a la idea tradicional de la libertad de expresión, pues se refiere a los intercambios de conocimientos, revelaciones, descubrimientos, datos, acontecimientos, sentimientos y sucesos; intercambios que nos enriquecen. Quien tiene formación, información y educación tiene independencia y más probabilidad de ser feliz.
Así como no es posible poner un límite máximo al ingreso, tampoco es posible poner un límite a la riqueza cultural o espiritual. Las personas seleccionamos lo que está más acorde con nuestra definición personal de felicidad y para elevarla requerimos satisfactores como la existencia de un templo cercano al que podamos asistir al servicio religioso que deseamos.
Leemos periódicos, escuchamos la radio que nos place más, vemos la televisión que nos gusta, estudiamos en la cantidad que queremos, estamos rodeados de informaciones y de formaciones que usamos a nuestra elección. Para eso necesitamos bienes y satisfactores de todos tipos, sean tan materiales como el agua para beber, o tan difíciles de clasificar como una biblioteca, incluyendo bienes en el más amplio sentido, como el bien de la tolerancia religiosa.
Bien común
Eso es el bien común, la existencia de los más variados satisfactores que las personas usamos para elevar la felicidad personal que cada uno ha decidido. No puede dictarse la felicidad personal de nadie sin que exista una imposición obligatoria sobre la persona; pero sí es posible establecer que para que cada persona logre su propia felicidad debe facilitarse la creación de grandes cantidades de satisfactores de la más variada naturaleza, que es lo que constituye el bien común.
Por eso, quien desee el bienestar general de la población tiene ante sí un sólo problema que es el de lograr la creación de tantos bienes y servicios como puedan tenerse dentro de un sistema de respeto a los derechos naturales.
Cometería grave falta quien procediera a establecer cuál es la felicidad personal para cada ciudadano, pues cada persona es única e individual, con diferentes necesidades que ni ella misma quizá pueda establecer con claridad.
Puede argumentarse, con razón, que no es posible lograr la felicidad máxima de las personas, puesto que no hay satisfactores que alcancen. Sí, efectivamente, existe escasez de bienes y servicios a disposición de las personas. Ese es nuestro problema terrenal, trabajar con inteligencia para tener una vida terrenal mejor en todos sentidos y con los más altos posibles niveles de felicidad. No tendremos un paraíso terrenal jamás, pero sí podremos solucionar muchas de nuestras carencias y llegar a niveles de felicidad mayores.
Espero haber dado una dirección, una en la que juegan un papel importantísimo el respeto a las personas y los frutos de su trabajo y el sistema de intercambios voluntarios de esos frutos. No podemos ir más allá de un arreglo social de gobierno y leyes que respete y promueva la creación y el intercambio de satisfactores, es decir, de los frutos mismos de nuestro trabajo (Nozick Robert,
Anarchy, State and Utopia, Basic Books, New York, 1974, pp. 333 y 334).
Porque los satisfactores de unos son los frutos del trabajo de otros y sabiendo esto, el problema único que enfrentamos es el de procurar la máxima creación de satisfactores, lo que por lógica aplastante sólo puede lograrse facilitando las iniciativas y las realizaciones del trabajo.
La idea más profunda a la que he apelado es la del uso máximo de nuestras habilidades y capacidades para con ese esfuerzo producir satisfactores en cantidades que permitan elevar nuestra felicidad personal.
Esto es lo que pone a nuestro alcance el remedio a la pobreza; podemos tener niveles de felicidad insospechados cuando obremos haciendo que nuestra sociedad sea propicia al máximo aprovechamiento de las capacidades de cada persona y por tanto, a la creación de satisfactores y nos permitamos la selección de nuestra propia vida bajo el respeto a nuestra naturaleza humana, su libertad y su igualdad (Den Uyl, Douglas J. y Rasmunssen, Douglas B.,
The Philosophic Thought of Ayn Rand, Den Uyl, Douglas J. y Rasmunssen, Douglas B., editores, University of Illinois Press, Urbana, 1984, pp. 165-182).
Podemos decir que la justificación de un arreglo social está fundamentada en el hecho de permitir al hombre ser hombre, alcanzar su felicidad aprovechando la capacidad de raciocinio, que es el uso de nuestra inteligencia y la aceptación de las consecuencias de nuestras acciones.
Si bien parece obvio que al definir al bien común como la disponibilidad de satisfactores de necesidades, se entiende que nuestra felicidad personal es un problema que se resuelve con medidas que logren el máximo aprovechamiento de nuestras capacidades humanas, existen aún muchas nociones anticuadas que llaman a la centralización del poder, lo que tiene como consecuencia el desaprovechamiento de esas capacidades.
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