Viernes 12, marzo 2010 
 
 
 


Equilibrar el poder

Mejor que adorar al Estado


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Gobierno como centro gravitacional
Imaginemos, por un momento, que vivimos en la época de Ptolomeo. Entonces, nosotros estaremos seguros de que la tierra es el centro del universo y que todo lo demás gira en círculos perfectos.

Tenemos pasiones por las formas perfectas, redondas, simétricas y sucumbimos con facilidad ante las primeras impresiones. Tenemos amores y pasiones por formas que creemos perfectas y de lógica aparente, que son cosas que nos simplifican la vida, pues explican lo desconocido con nuestras propias convenciones de lo que es atractivo, ordenado y adecuado a las ideas imperantes. La tierra tenía que ser el centro del universo y los planetas tenían que girar en órbitas circulares perfectas.

Nos burlamos ahora de la idea de que la tierra es el centro del universo, pero hay una idea similar que se mantiene hoy en día. Sufrimos todavía esa pasión injustificada por los cánones perfectos, agradables al sentido común y al orden intuitivo, cuando aún vemos en el gobierno a uno de esos centros fáciles de la gravitación humana, que nos hace girar a su alrededor, cuando es esa autoridad la que debería girar alrededor de los hombres.

Hay en muchos lados todavía una mentalidad conservadora, que es la de solicitar para todo la intervención del gobierno, como si fuésemos incapaces de solucionar nada sin la ayuda del gobierno (Mises Ludwig von, Planning for freedom, Libertarian Press, 1980, p. 223).

Peor aún es esa manera de pensar tan corriente y general, que cree que lo que el gobierno otorga no tiene costos para nadie, como si las autoridades pudieran realizar milagros de multiplicación de bienes (Ortega y Gasset, José, La Rebelión de las Masas, Austral, 1986, p. 111).

Más de uno hará la pregunta natural, ¿cómo puede ser mejor una sociedad llena de actividades personales desordenadas en apariencia al menos e incongruentes entre sí, cuando del otro lado se tiene una sociedad ordenada por un gobierno regulador? ¿Acaso no es mejor el orden que el desorden y no es la autoridad la que impone el orden?

A primera vista y dominados por las pasiones del orden aparente, nos hemos inclinado a pensar que es mejor la sociedad ordenada por la autoridad, pero cabe la sana posibilidad de que no lo sea, de que existan otras maneras de llegar al bien común y a la felicidad personal. Es un deber explorar esa posibilidad, pues lo que puede encontrarse quizá sea una mejor forma de remediar los problemas de tanta pobreza y miseria.

Las soluciones a estos problemas han sido en lo general demasiado conservadoras, pues han tomado al gobierno como el agente principal alrededor del que giran las soluciones. La disyuntiva, desde luego, no está entre el orden y el caos; la opción está entre un gobierno dedicado a hacer respetar los derechos personales y un estado dedicado a imponer su noción de felicidad personal en los ciudadanos; entre un gobierno que gira alrededor de nosotros y del de un estado que nos hace girar alrededor de él.

¿Qué es mejor, un arreglo social ordenado bajo los dictados del estado o la sociedad que deja libres las iniciativas de sus miembros para que cada uno de ellos haga realidades esas iniciativas de la mejor forma que crea factible respetando los derechos personales?

Debe haber una respuesta razonable, que es el origen de este ensayo, pues podemos aún en estos tiempos seguir afectados por lógicas aparentes. Debemos enfrentar esta tarea sin el prejuicio del gobierno como centro de la sociedad: seamos escépticos de esa noción y aceptémosla sólo si ella es la solución a esos problemas, no por costumbre, ni por falta de imaginación, ni por comodidad intelectual.

Debemos evitar también, la aceptación de propuestas sociales sólo porque ellas tienen buenas intenciones. Demasiado acostumbrados estamos a aceptar todo lo que tenga como propósito algo bueno y loable.

Cuando abordamos un avión, no resulta suficiente que el capitán de la nave tenga las mejores intenciones de llegar al destino anunciado, también esperamos que tenga los conocimientos y la experiencia necesarios para hacerlo. Las intenciones y la razón son los dos criterios que determinan la bondad de un acto humano.

Tan inmoral puede ser el realizar algo con malas intenciones y extraordinaria inteligencia, como el hacer otra cosa con muy buenas intenciones y pésimo uso de la razón. Mil veces hemos oído mencionar la necesidad de la intervención del gobierno, suponiendo que basta estar lleno de buenas intenciones y loables objetivos. Bajo esta manera de pensar cualquier acto humano sería visto como positivo si tiene objetivos buenos. Porque con las mismas intenciones una autoridad puede expropiar todas las industrias y otra privatizarlas.

¿Cómo saber qué es lo mejor, independientemente de las intenciones? Esa es la pregunta que debemos explorar para encontrar si el Equilibrio del Poder es el principio buscado.

Más aún, de las obras que realizamos los hombres podemos esperar inteligencia, imaginación y talento. A diario vemos a nuestro alrededor verdaderos milagros de adelantos e innovaciones y, sin embargo, la perfección no es algo esperado.

Nuestro camino está lleno al mismo tiempo de grandes logros y de grandes equivocaciones; no somos perfectos, somos inteligentes pero podemos errar, poseemos valores pero podemos hacer el mal y por eso nuestra sociedad no puede ser perfecta. Pero queremos que lo sea y como prueba de ello están los sueños que describen con seriedad o como fantasía arreglos sociales ideales; sueños que suelen apoyarse en el estatocentrismo.


Utopías
Platón, por ejemplo, en La República afirma que cinco mil cuarenta es el número ideal de familias para una sociedad y que quien debe gobernar es naturalmente alguien como él, un filósofo. Pueden leerse a dos autores que ven como utopía al ideal platónico (Sabine, George H., Historia de la Teoría Política, Fondo de Cultura Económica, México, 1982, p. 57 y Toynbee, Arnold, Estudio de la Historia (1), Alianza Editorial, Madrid, 1981, p. 271).

Por cierto, el ideal de cinco mil cuarenta familias por sociedad se debe a que ese número tiene 59 divisores, diez de ellos correlativos comenzando por la unidad, lo que es sumamente conveniente, según Platón (Platón, Las Leyes, Editorial Porrúa, México, 1985, p. 97).

H.G. Wells tiene su utopía también, donde habla de una sociedad en la que todos los servicios e industrias de interés básico están en manos del gobierno, el que también interviene en la regulación de los matrimonios, la eugenesia y el control de los nacimientos.

Para facilitar la tarea de buscar más utopías, perdón, recurrí a un resumen (Mil Libros, Luis Nueda, Aguilar, Madrid, 1980, edición revisada y aumentada por Antonio Espina).

Por ejemplo, Edward Bellamy en Mirando Hacia Atrás, habla de una sociedad en la que el gobierno puede darle total seguridad al individuo desde que nace hasta que muere mediante una detallada planeación gubernamental.

Tomás Campanella escribió La Ciudad del Sol, donde describe una comunidad con comunidad de bienes, en la que se comparten los dormitorios y los comedores, todos visten igual, los magistrados están para dirimir discordias de acuerdo a una clasificación basada en las virtudes, el comercio no tiene importancia y el dinero sólo se usa en las transacciones con el exterior.

La imaginación humana es capaz de crear fantasías y cuentos de grande imaginación y riqueza literaria enorme. Sin embargo, lo que debe preocuparnos es que haya quien crea que eso es posible y escriba utopías pensando que son metas alcanzables.

No hay grandes diferencias entre esas obras de ficción y otras que también se fundamentan en la gravitación alrededor del gobierno.

En Mi Lucha, Adolfo Hitler habla de un estado en el que se dará la máxima importancia a la formación del carácter y al desarrollo del espíritu de sacrificio, la lealtad y la discreción, todo esto por encima de la educación escolar, haciendo llegar a la humanidad a una época en la que a cada uno se le dará lo que necesite para su existencia, dentro de una gradación de sal arios sabiamente establecida y que no haga depender al hombre de los goces materiales.

Federico Engels, en Origen de la Familia, de la Propiedad Privada y del Estado, pronostica una sociedad perfecta, posible sólo con la destrucción de lo existente y sin justificar nunca que la abolición de la propiedad privada de los medios de producción es el remedio práctico de los males de la sociedad.

En El Estado y la Revolución, Lenin afirma algo similar a Hitler, que en el arribo a la fase superior del comunismo, la sociedad sin clases, los hombres ya no serán los tontos que dilapidan la riqueza social, porque la llegada de la fase superior de desarrollo del comunismo presupone hombres que no sean los actuales filisteos, capaces de dilapidar a tontas y a locas la riqueza social y de pedir lo imposible.

Fourier, en su utopía, consideraba esencial crear una nueva clase de comunidad, en la que todos encontrarán su lugar y en donde cada quien haría el trabajo que más le gustara, por ejemplo, los niños serían los encargados de hacer el trabajo sucio, porque los niños gustan ensuciarse cuando juegan (Cozer Brian y Seldon Arthur, Socialism, the Grand Delusion, Universe Books, 1986, p. 80).

Corren en esas utopías y propuestas las mismas ideas, repetidas una y otra vez, con variaciones no muy importantes. Hay en ellas invenciones y perfiles de sociedades detenidas que se sirven a sí mismas en sacrificio de sus miembros y con vanagloria de su propia perfección se detienen para admirarse en la eternidad: los hombres giran alrededor de las órdenes estatales.

Hay además énfasis en lo idílico, en la vida romántica e idealizada, sin la menor atención a los problemas de la vida diaria, como si ellos ya hubieran sido solucionados por medios en los que los autores no se detienen a analizar.

Fue Platón quizá el primer autor que se planteó la idea de ese estado idílico del hombre, sin los inconvenientes de la vida de la sociedad civilizada, pero también hizo su aportación Séneca (Sabine George H., Historia de la Teoría Política, Fondo de Cultura Económica, 1982, p. 140), lo mismo que Rousseau que glorificó el culto romántico del grupo social y, luego, también los socialistas.

Es común denominador de todas las fantasías, sean literarias o no, el imaginar un gobierno dictatorial, centro de la sociedad, que cuida de sus ciudadanos con extrema bondad y al que ellos se someten gustosamente dentro de un sistema muy reglamentado de vida, en donde los ciudadanos tienen papeles y funciones impuestas sobre ellos, como en Un Mundo Feliz, de Aldous Huxley, que parte del supuesto de que el industrialismo moderno sólo puede hacerse tolerable por una rígida separación de castas naturales. Los Primeros Hombres en la Luna, de H.G.Wells, retrata también una sociedad en la que todo ciudadano conoce su lugar.

Un sueño como esos es en realidad una pesadilla mayor.

¿Quién puede garantizar que nunca se presente en esas sociedades utópicas un conjunto de hombres sin escrúpulos que convierta a esa buena sociedad paternalista en una cruel dictadura? ¿Quién puede garantizar que las decisiones de esos poderosos serán siempre las correctas? Es sencillo imaginar una utopía. Es difícil escribir una buena obra sobre alguna fantasía de éstas.

Es una locura proponer que una de el las puede ser llevada a la realidad. El carácter humano que se describe en las utopías no es real, los hombres que formamos las sociedades somos imperfectos y no podemos volver realidad sueños imposibles. Debe verse con extrema sospecha toda propuesta que no considere la imperfección humana, que no acepte la posibilidad de gobernantes con fallas, que no considere la posibilidad de ciudadanos que sucumben a pasiones, vicios y tentaciones.

Recordemos palabras sabias: sería equivocado dejar todo el sistema ejecutivo al arbitrio de una sola persona, por excelente que ella sea (Burke Edmund, Textos Políticos, Fondo de Cultura Económica, 1984, p. 269).

Y es que no resulta razonable apostar nuestras vidas y logros por entero a la hipótesis de que una cierta persona es en todos sentidos incapaz de cometer el más mínimo abuso. Simplemente es inaceptable la idea de dejar todos los asuntos de la sociedad en manos de gobernantes que se presupone actuarán siempre movidos por los más loables intereses y que tomarán siempre las más sabias decisiones. Porque eso es precisamente el fundamento necesario de los regímenes que de una u otra forma proponen gobiernos de grandes dimensiones y poder desequilibrado.

[sigue]

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