Imperfección humana
Para examinar mejor esto nos ayudará la división de la imperfección humana en dos facetas. La
primera hace referencia al abuso del poder y la
segunda a los errores en la toma de decisiones.
El abuso del poder se refiere a la carencia de eterna justicia, nobleza, virtud, honestidad y altruismo en las intenciones de todos los miembros de la sociedad, especialmente de los gobernantes, pues es fácil entender que un mal sueño del gobernante por la noche es pesadilla al día siguiente para el gobernado (Leibnitz, Gottfried W.,
Political Writings, Cambridge University Press, 1992, P. Riley (editor), pp. 82 y 168).
Sin esa eterna perfección del gobernante y del ciudadano no son realizables las utopías que suponen gobiernos muy interventores o sociedades sin gobierno. Estas sociedades serían extremadamente vulnerables a la existencia de personas que sin escrúpulos deciden abusar del resto de los ciudadanos.
Es consecuencia de esto que todo arreglo social suponga, si desea verse como una propuesta seria, que la sociedad tiene miembros que, en ocasiones al menos, tendrán conductas negativas: que robarán, que lastimarán, que defraudarán, que mentirán. De lo contrario, esa sociedad estaría afilando el cuchillo mismo que ha de matarla.
Pero, además, toda sociedad formada por personas de carne y hueso está expuesta a que sus miembros cometan errores, que se equivoquen en las decisiones que por necesidad tomarán. Podrán tener las mejores y más loables intenciones, pero eso no significa que no se cometan yerros y descuidos, lo que es especialmente grave en las cuestiones del gobierno. Incluso en los casos de los gobiernos formados por las personas más preparadas y educadas ésta es una posibilidad real, la de tomar decisiones que sean erróneas.
Por tanto, si se nos encargara la tarea de diseñar un sistema de gobierno que pudiera garantizar el máximo bienestar de los ciudadanos, uno de los primeros supuestos en los que tendremos que pensar será el de la imperfección humana (Mises Ludwig von,
Planning for freedom, Libertarian Press, 980, p. 217), lo que nos llevará a intentar el diseño de mecanismos que la minimizaran en sus efectos negativos, o incluso llegaran a capitalizarlos; mecanismos para evitar que gente sin escrúpulos se apodere del poder y cometa abusos contra otros, y mecanismos para minimizar los impactos que tengan las inevitables decisiones erróneas que tomarán los ciudadanos, incluyendo los gobernantes y que permitieran su rápida corrección.
Pero no es sólo la imperfección de los hombres lo que hace imposible imponer utopías en las sociedades, pues también existe otro grave inconveniente, que es un supuesto necesario de esas propuestas idealistas.
Todas ellas, por necesidad natural de sus razonamientos, suponen que ciertas personas son superiores a otras. Si Andrés impone su utopía en Benito, se deduce que Andrés es superior a Benito, ya que este último no puede imponer su utopía en Andrés.
Pero, si es reconocida la igualdad humana, no existe justificación a la imposición de la utopía de Andrés sobre Benito. ¿Si Andrés tiene el derecho a implantar sus planes, por qué razón no tiene Benito derecho a implantar los suyos? La única posible contestación a esa pregunta equivale a darle a Andrés una naturaleza diferente y superior a la de Benito, lo que negaría la igualdad entre ambos (Bastiat Frederic,
The Law, The Foundation for Economic Education Inc, Irving-on-Hudson, 1987, p. 71).
Peor aún para las utopías es la cuestión de otra hipótesis de la que parten. En ellas, de una manera u otra, no existe un problema de creación de recursos y aparece todo el sistema social como si nada más tuviera que fabricarse o crearse, como si se hubiera solucionado el problema de recursos escasos y necesidades ilimitadas.
El peligro de esas utopías y fantasías no es sólo el ignorar las imperfecciones de los humanos, sino también las faltas del mundo en el que existen pocos recursos y es necesario trabajar para sobrevivir.
Por tanto, las propuestas que dan demasiado poder a los gobernantes, contienen dosis grandes de idealismo que las convierten en utopías irrealizables por diseño propio. Pero además poseen fallas que significan peligros que cualquiera puede entender, pues son esas propuestas armas muy peligrosas en manos de los sedientos de poder; dan a ellos justificaciones de apariencia científica que salvan, libran y escudan las más terribles acciones. Nos puede aparecer como un santo con su propia y justificable teología quien en realidad es un demonio que ha aprovechado las ideas de un soñador.
Fragmentar el poder
Pero hay una solución realista que, sin orden, hago comenzar con Adam Smith, quien tuvo una idea que puede ser vista así: para que el gobierno no se equivoque tanto, la solución es que tome menos decisiones. ¿Pero entonces quién las toma?
Las personas individuales, cada uno de los miembros de la sociedad actuando por separado. La misma esencia de esa idea se encuentra en la división de los poderes del gobierno que evita la concentración de poder. Así, el gobierno se controla a sí mismo y supervisa en las decisiones que toma gracias a la representación de los ciudadanos dentro de él y a la existencia de frenos y contrapesos en las decisiones de los diversos poderes.
La separación entre iglesia y gobierno, igualmente, puede ser vista bajo esta misma óptica de la fragmentación: el poder de la iglesia es separado del poder político.
Son éstas, tesis como las que mencioné al principio de este ensayo y que proponen
separar los poderes económicos, políticos y morales; ellas están ligadas íntimamente al advenimiento de la democracia y del reconocimiento de la libertad del hombre, incluyendo la libertad de creencia y culto.
Por ejemplo, la idea que dice que un orden social sano y bien diferenciado depende de la separación de sistemas político, económico y moral-cultural (Novak Michael,
Visión Renovada de la Sociedad Democrática, Centro de Estudios en Economía y Educación, 1984, p. 52).
Hay desde luego autores que son contrarios a las ideas de la división de los poderes, que claramente se oponen a la fragmentación del poder porque dicen que los poderes divididos se destruyen mutuamente (Hobbes Thomas,
Leviatán, Fondo de Cultura Económica, México, 1984, pp. 148 y 267).
No hay que ceder, sin pensar, ante las ideas políticas tradicionales que tanto abundan y que buscan la solución a la miseria y la pobreza en la imposición de un orden aparente con poder centralizado.
No cometamos el error de Séneca que pensaba que los hombres eran malos, pero que proponía al gobernante como la solución a esa maldad, sin darse cuenta que los gobernantes también son hombres; que es lo mismo que Milton propone para que el ciudadano renuncie a toda subjetividad personal, elegir a los mejores hombres al poder y dejarlos en el gobierno con cargos vitalicios (Sabine George H. ,
Historia de la Teoría Política, Fondo de Cultura Económica, México, 1982, p. 378).
No nos dejemos llevar por ideas que afirman que los gobernantes son los únicos que tienen esa capacidad especial que les hace comprender las cuestiones públicas, ya sea por conocimientos científicos, o por una especie de instinto especial que les hace poder conducir a la sociedad a su bienestar general.
Veamos que en la historia la solución de gobierno siempre propuesta ha sido la del gobierno fuerte y central y que ella aparece en diferentes tiempos bajo nuevos ropajes y apariencias novedosas de modernismo engañoso. La revolución real no está en esa vieja mentalidad del estatocentrismo, sino en el Equilibrio del Poder.
El ser humano
No debe dejar lo anterior una impresión pesimista sobre el humano, pues la realidad es que el Equilibrio del Poder parte de una tesis profundamente optimista y alentadora del hombre.
Solicitar la desconcentración del poder, necesariamente significa reconocer capacidad, inteligencia y talento en el hombre. Los hombres tienen la capacidad para decidir por sí mismos su felicidad y para aceptar las responsabilidades de la desconcentración del poder. Esto significa una concepción de talentos y capacidades muy repartidos y muy variados entre los ciudadanos, es decir, la visión de ciudadanos capaces de realizar aportaciones con esos talentos y esas capacidades (Lavoie, Don,
National Economic Planning, What is left?, Ballingrer, 1985, p. 241).
Y esto es lo contrario de quienes piensan en dar a los gobierno grandes poderes, pues por definición presuponen ciudadanos con enormes deficiencias de talento, tan grandes que el poder debe otorgarse con desequilibrio a los gobernantes, quienes tienen la responsabilidad de tomar decisiones a nombre del resto.
Los hombres, todos, son talentosos y tienen habilidades. Cuando ellos actúan de manera privada, buscando su propia felicidad, resultan benignos, pero cuando ocupan puestos públicos, esos talentos y habilidades se ocupan en actividades peligrosas para el resto de la sociedad (Murray Charles,
In Pursuit of Happiness and Good Government, Simon and Schuster, 1988, p. 18).
Consecuentemente, la sociedad con Equilibrio del Poder será una en la que predominen las costumbres y las instituciones, producto de las contribuciones de millones de personas, cada una con escaso poder.
Mientras tanto, una sociedad con poder concentrado en el gobierno será una en la que predominen los personalismos pues su estructura está cimentada en unos pocos hombres que argumentan saber en exclusiva lo que es el bienestar de la sociedad que gobiernan. Esto significa estabilidad para la sociedad que se rija por el Equilibrio del Poder y vaivenes para la sociedad de poder concentrado.
[FIN]
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