Sábado 19, julio 2008 
 
 
 

 

Miércoles 09 de mayo de 2007. Núm. 65 
Equilibrar el poder
 
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Mejor que adorar al Estado
Eduardo García Gaspar

Punto de salida
Mi punto de arranque es uno muy sencillo. Parto de la idea de la separación entre la iglesia y el estado y la pongo junto a la idea de la separación de los poderes de la autoridad; me refiero a la noción de los poderes ejecutivo, legislativo y judicial.

¿Cuál es el común denominador entre esas ideas? Uno básico: la idea de la distribución del poder, de la división del poder, de su fragmentación, de su reparto, fraccionamiento y ruptura.

Hay, desde luego, otras muchas menciones de esta idea de Equilibrio del Poder; por ejemplo, la mención de Ludwig Erhard (Nixon, Richard M., Líderes, Planeta, México, 1987, p. 145) como iniciador en Alemania de un principio de poder distribuido, cimentado en lo peligroso que es acumular demasiado poder en manos públicas o manos privadas.

También, en otra obra (Hayek Friedrich A., The Road to Serfdom, The University of Chicago Press, Chicago, 1972, p. 145) se habla de que la descentralización reduce el poder absoluto y se afirma que el sistema libre de economía es el único sistema capaz de disminuir el poder que puede tener una persona sobre otra.

Igualmente otro libro (Kennedy Paul, The Rise and Fall of the Great Powers, Vintage Books, 1989, pp. 3-30) expresa la noción de que una sociedad con poderes en equilibrio progresa más que una centralizada; y el libro (Sorman Guy, Los Verdaderos Pensadores de Nuestro, Tiempo, Seix Barral, 1991, p. 187-193) que reitera la idea natural de que la armonización de millones de iniciativas conduce a un orden superior, logrado de manera espontánea.

¿Por qué no pensar en aplicar ese mismo principio, el del Equilibrio de Poder, de manera sistemática y consistente a toda la sociedad? Mi sustento de esto es la tesis de que donde existe equilibrio de poderes tiende a haber más bienestar general.

Es natural y explicable que aún hoy subsistan las ideas tradicionales, contrarias al Equilibrio del Poder, que en su esencia hablan de gobiernos de amplios poderes, fuertes y concentrados. Las personas que así piensan tienen inclinaciones muy añejas, aunque desde luego no hay duda de sus buenas intenciones. Todos queremos bienestar y felicidad. Intentaré sostener la idea de que hay que redistribuir, no la riqueza, sino el poder, es lo que produce el bienestar general.

Me inclino por ideas menos añejas, más revolucionarias, que lleven a su consecuencia lógica la noción de la democracia; porque, después de todo si un ciudadano es juzgado como capaz de emitir un voto válido para la elección de un gobernante y sufrir sus consecuencias, resulta ilógico que no se le considere capaz también de abrir un negocio, de trabajar en lo que desee, de comprar lo que quiera, de hablar de lo que desee y en general de decidir su propia felicidad.

Quiero, en este ensayo sobre cuestiones políticas, apoyado en los hombros de quienes han escrito antes, más y mejor que yo, proponer la sencilla idea de que el principio del Equilibrio de Poder es uno que apoya una relación de causa y efecto entre el máximo uso de nuestras facultades y el bienestar general.

Es decir, me mueve la misma razón que motiva a quienes proponen de manera conservadora gobiernos poderosos y grandes, que es la elevación de los niveles de bienestar general; pero voy a diferir notablemente de sus propuestas con ideas que considero más frescas, nuevas, lógicas y mucho menos añejas.


Bienestar general, bien común y felicidad personal
Entro entonces ya en el tema, como primer paso, tratando de definir las ideas de bienestar general, bien común y felicidad personal. Tan vagas son esas ideas que se prestan a ser usadas de maneras ilegítimas por quien desea el poder y abusar de él (Hayek Friederich A., The Road to Serfdom, The University of Chicago Press, Chicago, 1972, p. 57).

¿No hemos oído acaso esas ideas repetidas por dictadores que se erigen en tales pretextando que ellos son quienes nos llevarán al bienestar y nos darán el bien común? ¿No hemos sido prevenidos desde hace cientos de años (Chafuén, Alejandro A., Christians for Freedom, Ignatius Press, 1986, p. 71) que bajo el disfraz inocente del bien común puede encontrarse al peor de los demonios?

Intentaré definir estas nociones haciendo que sus definiciones ayuden a establecer las reglas de su consecución. Son, desde luego, definiciones sustentadas en su capacidad de hacer más claras estas cuestiones y de ayudar a derivar de ellas soluciones prácticas.

Como punto de partida, propongo considerar que el bienestar general de una sociedad es un concepto global que incluye al bien común y a la felicidad personal. El bienestar general, por tanto, pasa a ser una especie de suma algebraica de los dos conceptos siguientes, el bien común y la felicidad personal.

Por su parte, el bien común es la existencia de satisfactores de necesidades de los miembros de la sociedad, entendiendo por satisfactores a bienes, servicios, leyes, juicios, instituciones, circunstancias y facilidades en general que las personas usan, consumen, o gozan para elevar su felicidad personal.

Visto así, el bien común es la suma de los satisfactores que existen en una sociedad, lo que incluye su disponibilidad; cuantos más satisfactores se produzcan mayor será el bien común y cuanto más baratos sean mayor lo será también. No se refiere exclusivamente a satisfactores materiales, como automóviles o tomates, sino también a satisfactores políticos, como un buen sistema policiaco y leyes confiables, y a satisfactores espirituales o culturales, como periódicos libres y tolerancia religiosa.

Y la felicidad personal es el nivel de satisfacción de las necesidades que cada persona tiene. Esto es una especie de suma algebraica de la cuantía en la que cada necesidad de cada persona está satisfecha, ponderada por la importancia subjetiva de esa necesidad. Es, por definición, un concepto individual y personal, que podría verse de manera agregada en una población general.

Es un concepto personal e individual formado por necesidades que en cada persona son diferentes y tienen distintos niveles de satisfacción; en ella está incluida la naturaleza humana como una limitación que impide concebir como parte válida de la felicidad la necesidad percibida por alguna persona de encontrar su felicidad en el robo, por ejemplo. Es decir, una parte de la felicidad está sustentada o limitada por una ética posible de ser concluida partiendo de la naturaleza humana.

Todas estas definiciones tienen aspectos materiales, políticos, legales, económicos y espirituales, que están tan ligados entre sí y que sólo es factible separar por razones de estudio. ¿Es un libro sobre religión un satisfactor espiritual, material, o político? Es todo a la vez.

Por tanto, hay en estas cuestiones aspectos materiales, políticos y espirituales y ninguno de ellos es separable del otro, pues entre ellos existen ligas indisolubles. La vida es una e indivisible y si la separamos en cuestiones biológicas, mentales, sociales o de otra naturaleza, eso es sólo por facilidad de estudio. No puede aceptarse, por ejemplo, que alguien proponga la felicidad material haciendo de ella una cosa separada de las cuestiones espirituales, o educativas, o políticas.


Bienestar material
Veamos, a modo de introducción, algo del bienestar material . Las personas trabajamos y por ello logramos un ingreso que usamos para satisfacer nuestras necesidades de todo tipo, sea comprar pan o dar un donativo.

Con ese ingreso satisfacemos alguna proporción de las necesidades que tenemos al hacer posible nuestro acceso a bienes y servicios de mil diversas naturalezas, como vestido, alimento, diversión, caridad, educación y otras muchas. ¿Cómo hacemos eso? Lo hacemos con intercambios, dando algo de lo que es nuestro a cambio de algo que otro posee, un mecanismo sencillo que viene de tiempos inmemoriales cuando alguien pensó que hacer eso era mejor que robar la posesión del otro.

Ver sin perspectiva total sólo los aspectos materiales del bienestar general ha llegado a producir la noción de la división de los bienes materiales en unos que son necesarios y otros que son superfluos. Se nos dice que hay cosas sin las que podemos vivir y que, por tanto, debemos hacerlas a un lado, que comprarlas, usarlas o tenerlas puede constituir seria falta y desconsideración hacia los demás.

La verdad es que no hay nada que justifique esa clasificación de bienes. ¿Es superfluo tener veinte libros, cien libros, mil libros? ¿Son más superfluas las novelas que las obras de filosofía? No hay posibilidad de determinar con exactitud lo que es superfluo, porque esa manera de pensar me tendría que indicar que a partir de los 458 libros, por ejemplo, esas posesiones son ya superfluas, lo que es ridículo a todas luces.

¿En qué precio exacto y con qué accesorios precisos deja un automóvil de ser superfluo? Quienes propugnan esta clasificación de bienes enfrentan estas dificultades que son insolubles y, por eso, son ideas imposibles de realizar. La única manera de implantarlas en una sociedad es una dictadura que asignara una partida de su presupuesto al envío semanal de un inspector a cada casa para verificar que no se hubiera rebasado el máximo de cinco camisas y de dos bolígrafos.

Igualmente, esa visión parcial ha creado otra idea que confunde a muchas mentes y que trato aquí en breve. Me refiero a la idea de la igualdad material. La igualdad de ingresos es un concepción pobremente justificada y ampliamente difundida que nubla las luces que pueden ayudar a resolver los terribles problemas de pobreza.

La igualdad o similitud de ingresos podrían lograrse, en teoría, haciendo que todos fueran igualmente pobres. Más aún, es de experiencia diaria el hecho de que dos ingresos iguales de dos personas diferentes no significan felicidades iguales. Hecho cotidiano es también la realidad de personas esforzadas y trabajadoras junto a personas perezosas y sin iniciativas. ¿Deben tener un ingreso igual quien trabaja y quien no lo hace pudiendo hacerlo? ¿Pueden tener un ingreso igual quien hace trabajos especializados y quien hace trabajos que cualquiera puede realizar?

Es una situación muy lamentable que gobernantes con loables intenciones hayan creído en la posibilidad de la igualdad material y hayan tomado decisiones emotivas, aplaudidas por los ingenuos, con graves efectos secundarios. No es la emoción de un médico lo que nos cura, sino su conocimiento y experiencia.

Hay más promesas de riqueza y de solución de la pobreza al dejar que quien lo quiera hacer abra el negocio que planeó, permitiendo que el que quiera producir algo lo haga, dejando libres las iniciativas de los hombres y de las mujeres, que hagan realidades sus sueños, que creen los satisfactores que ellos piensan que a otros servirán.

Haciendo que las leyes respeten esas iniciativas y que las fomenten, que sea fácil y sencillo abrir esos negocios, fábricas y plantas; haciendo barato el costo de apertura y de mantenimiento de esas instituciones; respetando el fruto de ese trabajo y de esas iniciativas. La sociedad que eso haga, progresará y sus habitantes serán más felices. Es un error poner límites a los frutos que produce el trabajo, así ocasionen ellos grandes diferencias de ingresos, que el problema no es tener individuos millonarios, sino personas pobres.

Es algo natural que si las leyes de un país persiguen objetivos distributivos de la riqueza sucederán dos cosas.
Primero, se creará pobreza. Hagamos el cálculo y distribuyamos la totalidad de los recursos de un país por igual entre todos los habitantes y veremos que lo repartido es menos que lo recolectado, ya que el proceso de distribución tiene costos. Veremos también que en poco tiempo esa riqueza repartida vuelve a redistribuirse, que muchos no saben qué hacer con lo que recibieron, que lo desperdician y que al final de cuentas termina habiendo una nueva desigualdad, lo que forzará a la autoridad a una nueva secuela de distribución.

Segundo, en el fondo, las leyes distributivas provocan una realidad, que es la de individuos luchando por influir en el gobernante que hace esa distribución, para proteger sus propiedades o para hacerse de nuevas (Bastiat Frederic, The Law, The Foundation for Economic Education, 1987, p. 17).
La única forma de lograr la igualdad material es la eterna intervención gubernamental en la vida de todas las personas, con un efecto colateral que es la supresión de toda iniciativa individual. ¿Qué incentivo tendría el inventor de un nuevo y mejor sistema de frenos para autos si sabe que el gobierno le retirará el fruto de su esfuerzo?

El nuevo invento quedará en sus cajones y algunas vidas que podrían haberse salvado por causa de esos mejores frenos se perderán. ¿Qué pensará el que desea estudiar un doctorado en microbiología al enterarse que sus ingresos no podrán ser diferentes a los de quien sólo llegó a preparatoria?

Cuando el gobierno persigue esos objetivos igualitarios asesta un golpe a la gallina de los huevos de oro que es la iniciativa individual y los beneficios que ella produce; genera un incentivo a la inactividad del ciudadano quien opta por esperar la rebanada del pastel de otros en lugar de trabajar para crear su propio pastel.

Las personas, por medio de sus esfuerzos, perciben un fruto, una recompensa que es una extensión de ellas mismas y que traduce en bienes y posesiones, físicas y espirituales. Esos bienes y posesiones son parte de la persona y son tan respetables como ella misma. Nuestra casa es parte de nuestras personas mismas porque es la extensión y manifestación de nuestros esfuerzos y trabajos.

[sigue]
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