Sábado 19, julio 2008 
 
 
 

 

Martes 22 de enero de 2008. Núm. 73 
Empresa: Colaboración Humana
 
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Equilibrio del poder
Eduardo García Gaspar

Para iniciar: intercambios y valor
Un intercambio voluntario involucra al menos a dos personas. Una ofrece un satisfactor de cierta naturaleza y otra encuentra valioso a ese bien, de tal manera que acuerdan hacer un intercambio. Uno da ese bien y el otro da otra cosa, que por lo común es dinero. En realidad eso es lo que acontece millones de veces cada hora en los mercados, desde la más pequeña de las tiendas de la esquina, hasta en las bolsas de valores.

El intercambio de satisfactores está basado en la valuación personal de cada satisfactor y en la disponibilidad de ellos; y además, desde luego, en la propiedad privada de los satisfactores, pues no es posible intercambiar lo que no es de uno.

Un satisfactor que haga una alta contribución a la satisfacción de la necesidad de una persona, de seguro provocará que ella esté dispuesta a elevar la cantidad a dar en intercambio y viceversa. Pero también influye la cantidad disponible de ese satisfactor, pues conforme crece la demanda de algún servicio o mercancía, éste aumentará de precio inevitablemente y si la demanda baja, sus precios tenderán a bajar. Es algo sencillo, los satisfactores abundantes tienen precios más bajos que los satisfactores más escasos, si sus demandas son iguales; y los satisfactores demandados tiene precios más altos que los satisfactores menos demandados, si sus ofertas son iguales. Esta es la manera en la que está construido nuestro mundo (Sadowsky, James, The Christian Response to Poverty, working with God’s economic laws, The Social Affair Unit, London, 1985) y es una consecuencia de nuestra iniciativa personal.

Dependiendo de la valuación personal que hagamos de un satisfactor variará aquello que estemos dispuestos a dar a cambio. Una escasa valuación dará como resultado una demanda baja y viceversa; no hay forma de evitar esto bajo el esquema del Equilibrio del Poder, pues cada persona es libre de intercambiar lo que ella considera pertinente según su propia decisión.

Sucede lo mismo del lado de la oferta, donde quien ofrece satisfactores tiene iniciativa para determinar sus niveles de oferta del satisfactor en cuestión. Tanto la valuación del que compra como la del que vende son individuales y por necesidad van a coordinarse dando como resultado un precio determinado variable en el tiempo. Sin poderes desequilibrados en el lado de la demanda y en el lado de la oferta, los intercambios se darán por mutuos acuerdos voluntarios.

La oferta es creada por la situación de competencia entre productores de satisfactores y la demanda es creada por la competencia entre necesidades personales. Esas dos competencias determinan el precio de los satisfactores.

Los productores compiten por ofrecer satisfactores fácilmente disponibles y accesibles, con lo que forman el bien común. Las necesidades, que conforman la felicidad personal de las personas, compiten entre sí por ser satisfechas y conforman la demanda de satisfactores. La oferta y la demanda determinan los precios de los satisfactores, o lo que es lo mismo, los precios son establecidos por el bien común y las felicidades personales.

Una reducción en la oferta de algún artículo de consumo diario, como azúcar, elevará su precio sin remedio. Lo mismo sucederá en casos menos obvios, como el de los servicios religiosos; si ellos llegaran a reducirse por cualquier causa, su precio se elevaría. Por ejemplo, el cierre de un templo cercano implicará la necesidad de un costo de desplazamiento mayor para quienes acudían a ese templo. Los precios pueden llegar a ser enormes, como en los casos de censura en los medios de comunicación, que en realidad es la cancelación de una oferta de información fidedigna: las personas que deseen proveer o comprar esa información enfrentan riesgos de penas y castigos corporales.

Entonces el precio es la consecuencia de los niveles de abundancia y disponibilidad del satisfactor en cuestión y de los niveles de necesidad del mismo. Ese precio no depende de la voluntad de nadie en concreto dentro de un sistema de Equilibrio del Poder, pues es resultado de las acciones conjuntas de quienes integran la sociedad y que buscan su satisfacción personal. Bajo el Equilibrio del Poder nadie en concreto es responsable del precio de los satisfactores, que son formados de manera espontánea dentro de un sistema también espontáneo y sin diseño consciente.


La oferta es lo que debe crearse
Bajo las consideraciones anteriores, es fácil deducir que crear demanda es un objetivo absurdo porque ella ya existe, está formada por todas las necesidades de las felicidades personales de todas las personas. En cambio la oferta no existe y ella debe ser creada permitiendo la producción de satisfactores materiales, políticos, formativos, informativos y espirituales.

El verdadero problema del bienestar general es la creación de esos satisfactores de todos tipos, a los precios más bajos posibles, es decir, producir el bien común. Visto de otra forma, las personas existen y, por tanto, también existe su felicidad personal, pues una es parte de la otra; y la mera existencia de la felicidad personal indica que no es razonable incentivarla en sí misma, pues ella es una realidad que no tiene otra salida que la adquisición de satisfactores que no existirán sin esfuerzo.

Es de simple sentido común que lo que debe crearse, porque no existe gratuitamente, es el bien común, es decir, los satisfactores que elevarán la felicidad personal. Existe el deseo de comer, lo que no existe sin esfuerzo es el alimento, que es necesario producir; existe la necesidad de habitar, lo que no existe sin costo en la naturaleza es una casa; existen las enfermedades, pero no sin costo las medicinas ni los médicos. Resultaría absurdo y ridículo dar dinero extra a las personas para que ellas compraran lo que quisieran si no existe nada que comprar, pues lo único que se lograría es elevar el precio de lo que ya está disponible.

Ya que lo que se persigue es la satisfacción de las necesidades personales, se concluye que es la oferta la que debe acomodarse a esa satisfacción. Este es un problema de información para el productor, información acerca del contenido de las felicidades personales de millones de personas. La única manera posible de obtener información acerca de esas felicidades individuales es la medición de su manifestación externa, es decir, de las conductas reales de selección. Esto se traduce en la medición de demandas y precios para los satisfactores materiales.

Sin esta información sería imposible la asignación de recursos realizada por los productores. El productor de cualquier tipo de satisfactor tiene a su disposición datos sobre actos de selecciones de opciones de esos satisfactores, lo que le da una base para sus decisiones. Los precios son los que llevan esa información a los productores de bienes y eso es lo que permite el acomodo de los recursos para la producción de satisfactores.

Existen las necesidades de la felicidad personal, pero no existen los satisfactores; hay que crearlos y producirlos. Existen sin embargo, recursos como tierra, minerales, talento y recursos en general que al ser trabajados y usados crean satisfactores, es decir, bien común. El problema es uno de acomodo de satisfactores a necesidades. ¿Qué se produce, en qué cantidad, a qué precio, para mejor elevar la felicidad personal?


Precios son información
Para tomar esas decisiones se requiere información y esa información está en los precios determinados libremente en el mercado. Esto es lo que permite el mejor uso de los recursos disponibles

Ya que los precios son formados conjuntamente por oferta y demanda en un sistema de libre decisión, la regulación arbitraria de ese proceso espontáneo tiene un efecto negativo en la información disponible. Sin esa información de precios la asignación de recursos a la producción no puede ser eficiente para satisfacer las necesidades de los ciudadanos. Más aún, esa intervención, haría difíciles los cálculos de productividad.

En pocas palabras, la regulación de precios por medios ajenos a los movimientos de oferta y demanda causa distorsiones en el sistema y éstas repercuten negativamente en el bien común y la felicidad personal; se desacomoda la adecuación de los recursos para la satisfacción de las necesidades. La mayor parte de la información con la que cuentan los productores consiste en los precios que establece un mercado libre, una información que no estaría disponible dentro de un sistema en el que los mercados no son libres (Hayek F. A., The Essence of Hayek, C. Nishiyama y K. R. Leube editores, Hoover Institution Press, Stanford University, 1984, p. 56).

La oferta de satisfactores constituye el bien común y éste debe adecuarse a las necesidades que forman las felicidades personales de los ciudadanos. El arreglo social más deseable es, por tanto, aquél que mejor permita adecuar la oferta a la demanda. Y ya que el mejor conocimiento dado a los productores sobre las felicidades personales proviene de los precios libremente establecidos en el mercado, todo intento de regulación artificial de precios debe entenderse principalmente como una acción que impide esa adecuación.

Sin esos precios espontáneamente establecidos sería imposible hacer cálculos sobre la productividad con la que son usados los recursos de cada productor, lo que alteraría negativamente el bienestar personal de los ciudadanos pues los recursos de la sociedad serían mal acomodados a las necesidades de la felicidad personal.

Pocas cosas mejores puede hacer un gobierno que fomentar la libre competencia por la adecuación de la oferta a la demanda y ello se hace dejando libres a los precios que son una manifestación de las felicidades de los ciudadanos. Sí, esto significa dejar libres los precios de los satisfactores de necesidades y entre ésos está el trabajo que ofrecen las personas, sean obreros, trabajadores, profesionistas, ejecutivos, artesanos, albañiles, dibujantes, deportistas, pintores, o técnicos. Regular los precios de estos satisfactores tiene las mismas consecuencias negativas que la regulación de otro tipo de satisfactor.

Una disposición obligatoria que eleve los honorarios de los abogados, por ejemplo, distorsionaría la oferta de sus servicios por hacerla atractiva a un mayor número de personas de las que son necesarias a la sociedad; y habría menos personas preparadas para otros campos que la sociedad prefiere. Lo mismo sucede a causa de los salarios mínimos: el precio alto del trabajo produce una menor demanda de él y, por tanto, provoca desempleo.

Al definir a la felicidad personal como el nivel de satisfacción de un muy complejo sistema de necesidades, deseos y aspiraciones personales, diferente en cada ser humano, se ha encontrado que es inconveniente la planeación gubernamental de la economía y visto que la mejor opción, la única, es la de dejar libres a esas personas para que sean felices a la manera en la que ellas lo piensan y creen.

Lo mismo, al definir el bien común como la existencia de los medios, bienes y servicios que satisfacen esas necesidades, hemos visto que la mejor opción es la de liberar el talento de las personas para que ellas produzcan y ofrezcan a los demás lo que éstos desean, dentro de un ambiente que respeta a la dignidad de la persona. De esta manera, por medio de un mercado voluntario, las personas se hacen dependientes entre sí en un sistema que obtiene provecho para todos de nuestras diferencias y respeta nuestras igualdades. Sabemos también, merced a esa definición de bien común, que la producción de esos satisfactores es la más grandes de las prioridades de la sociedad.
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