¿Cuánto por el kilo de tomate rojo? ¿A cómo me da la papa? ¿Cuánto te costó?
Son ésas preguntas de todos los días en todos los mercados —en todas partes y desde que existen intercambios: ellas disfrazan con simplicidad uno de los mecanismos naturales de nuestra convivencia y bienestar.
¿Cuánto aceptaré de sueldo? ¿Cuánto pagaré al cocinero? ¿Por qué cuestan tanto las golosinas en los cines? ¿Qué es lo que hace subir el precio del pescado en Cuaresma?
Los precios están allí, desde tiempos inmemoriales —ellos se mueven, suben y descienden; cosas valiosas tienen precios bajos al mismo tiempo que cosas sin las que podría vivirse tienen precios altos. La misma casa con el mismo precio de construcción vale más en la capital de México que en Linares, Nuevo León. Los precios se viven a diario y a ellos se está acostumbrado, pero comprenderlos en otra cosa —su simplicidad es una belleza poco entendida y escasamente valorada, especialmente en los reclamos que desean precios justos.

Desde luego, lo que es sabido de sobra es que
los precios se mueven —no permanecen estáticos y en esto es posible adivinar una característica de los precios, intuida por siglos: la abundancia de un bien provoca precios en descenso, y lo opuesto, la escasez de un bien produce precios al alza. Esto ha sido notado por siglos y tiene sentido: en las épocas en las que abunda algún producto, quizá la naranja o el tomate, los precios son bajos; pero cuando no es su temporada, los precios se elevan.
Cualquier comerciante, además, sabe otra cosa básica —el precio de lo que vende está directamente asociado con la cantidad que vende: si desea vender más anuncia rebajas, lo que añade al precio una cualidad natural.
El precio es una información necesaria para tomar decisiones de compra y de venta —los precios contienen información para la toma de decisiones: depende del precio lo que el comprador adquirirá y lo que el vendedor ofrecerá. Y esto es una maravilla, ya que indica que dentro del movimiento de los precios hay orden y que, por eso, pueden ser estudiados —no son aleatorios los precios, no son caóticos, al contrario siguen patrones posibles de descubrir.
El comerciante sabe que si reduce sus precios venderá más y viceversa —sabe también que el pescado será más demandado en Cuaresma, y los regalos en ciertas fechas, como Navidad, y los viajes de turismo en verano. Otra vez: esto es información para tomar decisiones, como comprar más pescado en Cuaresma para venderlo en la tienda. Es como una especie de lógica de comercio —el comerciante sabe que puede vender más caro y ganar más si no tiene competidores y que si los tiene deberá bajar los precios si quiere conservar a los clientes.
El comerciante se ha dado cuenta de que puede poner un precio, el que él quiere, pero no puede al mismo tiempo decidir la cantidad que vende —
no tiene control sobre el precio y la cantidad, sino sobre uno de ellos solamente.
Pero también hay lógica de comercio en el comprador —si los precios son bajos, sabe que puede comprar más y tal vez hacer conservas de naranja cuando la fruta es abundante y barata. Sabe que cuando sube el precio del tomate comprará menos y lo usará más cuidadosamente que si sucede lo contrario. Sabe que hay sustitutos y que si el pollo sube de precio hay otros comestibles que lo pueden reemplazar.
Ninguno de estos personajes tienen necesidad de análisis complicados, ni libros de texto —son gente con la intuición suficiente como para tener un buen desempeño en sus labores de compra y venta. No necesitan saber los precios de los fertilizantes si es que sólo compran tomates —es decir, requieren conocimientos limitados nada más. La más impreparada de las personas puede moverse con tranquilidad en un mercado porque intuye su funcionamiento.

Esto manda a ver otra cualidad en los precios —ellos
son espontáneos: nadie los fija, nadie domina sus movimientos, la influencia de cada persona funciona en un proceso que es anárquico y al mismo tiempo ordenado. La única posibilidad de dar al traste con esa espontaneidad es la intrusión de un agente con fuerza coercitiva que impida el movimiento de los precios —como una autoridad que obligue a que algunas mercancías tengan un precio fijado por ella, no por las personas libres.
¿Fijan los vendedores el precio? La percepción de muchos es que sí, que efectivamente las empresas, los comerciantes, los vendedores dominan el mercado y venden todo lo que quieren al precio que ellos quieren —quien eso piensa hará bien en realizar un pequeño experimento: tome su coche, tal vez un Tsuru 1999, y trate de venderlo al precio que él desea, 100,000 dólares; según su teoría de que el vendedor fija el precio, venderá su automóvil sin problemas en la cifra que él decidió.
Esa percepción es falsa, lo que no obsta para ser creída a pie juntillas por muchos —allá ellos, yo no puedo hacer más que mostrar la realidad. La preciosa casa que alguien quiere vender y que supone vale un dineral, no podrá ser vendida en la estimación hecha por el vendedor —por otra cualidad de los precios,
ellos reflejan el valor que las personas asignan a las cosas: el valor asignado por el vendedor no corresponderá seguramente con el del comprador, al menos en el caso del coche y de la casa. Ambos van a tener que llegar a un arreglo.
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