Sábado 19, julio 2008 
 
 
 

 

Miércoles 20 de febrero de 2008. Núm. 74 
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Ideas, obstáculos, razones
Leonardo Girondella Mora

El objetivo de este texto es hablar del comercio exterior —qué es, sus razones de ser, los ataques que recibe, las defensas que esgrime —, lo que llevará a la definición de conceptos. Mi esperanza es hacer una pequeña contribución a la mejor comprensión del tema, especialmente en estos momentos en los que algunos candidatos a la presidencia en los EEUU y agrupaciones campesinas en México quieren renegociar el TLCAN. No saben de qué están hablando.


Comercio Exterior y sus Obstáculos
Las personas compran y venden a diario y repetidamente —si esas acciones se realizan entre personas dentro del territorio de un país, eso es comercio interno. El comercio externo o exterior es idéntico al interno, excepto por una cosa: el comprador y el vendedor se encuentran en países diferentes. No es, dado lo anterior, el comercio que se realiza entre un país y otro —los países no compran ni venden, sólo las personas lo pueden hacer.

Existen personas que sostienen la creencia de que el comercio entre personas de diferentes naciones es negativo y por esta causa piden la intervención del gobierno para obstaculizarlo, en especial las importaciones del exterior. Las medidas que una autoridad puede usar para limitar el comercio entre personas de diferentes países suelen llamarse barreras comerciales y son de diversos tipos e intensidades.

Quizá la más popular de esas medidas contra el comercio exterior es la llamada tarifa —un impuesto que deben pagar los productos importados y cuya consecuencia es la elevación del precio de esos bienes lo que reducirá la cantidad demandada de ellos. La otra cara de esta moneda es el subsidio a la producción de un bien local, lo que lo abarata y coloca en una mejor posición que los bienes importados que, desde luego, no tienen ese subsidio. Ambas medidas, la tarifa a las importaciones y el subsidio a los productos nacionales, son una manipulación de precios para colocar en desventaja a las importaciones.

El efecto neto de la manipulación de precios por medio de tarifas es dañino para el consumidor que no tendrá acceso a bienes con precios menores —y el efecto neto de los subsidios a industrias nacionales es un daño al ciudadano, cuyos impuestos no serán usados para bienes públicos, sino para beneficio de las industrias protegidas. Tarifas y subsidios varían en intensidad dependiendo de su monto que puede ir de lo muy pequeño a niveles muy altos.

También hay otras barreras al comercio exterior, como el establecimiento de cuotas —la fijación de determinadas cantidades permitidas de importación, generalmente destinadas a favorecer la producción local. Incluso puede alcanzarse el nivel de embargo, que es el bloqueo de una nación para importar y exportar.

El común denominador de lo visto está bien contenido en otro término que debe entenderse —el proteccionismo, que es una política económica sustentada en la creencia de que conviene aislar a uno o más de los sectores económicos de un país de la competencia extranjera que significarían las importaciones. La creencia es singular porque no tendría sentido aplicarla dentro de un país pues ello llevaría a impedir el comercio entre ciudades dentro de una nación —cada ciudad o provincia debería proteger a su industria local impidiendo que compitiera con las de otras entidades también nacionales.


En Contra y a Favor del Libre Comercio
La expresión Libre Comercio es generalmente usada para referirse al comercio exterior libre de toda barrera —sin tarifas, ni subsidios, ni algún otro obstáculo. Existe un consenso general en el sentido de que el Libre Comercio es preferible al proteccionismo por parte de los expertos en el tema, pero a pesar de los argumentos usados, una cantidad de personas encuentra atractiva la idea de proteger a lo nacional de lo extranjero.

Una de las explicaciones más amplias para explicar la diferencia de opiniones con respecto al Libre Comercio es el sentimiento nacionalista y patriótico —los gobernantes con frecuencia apelan a esos sentimientos nombrándose protectores de los empleos que ofrecen las empresas nacionales y que, dicen, se verían amenazados por las empresas del extranjero. Estos sentimientos patrióticos, si bien son falsos, suelen ser bien vistos por quienes no ven las consecuencias negativas de impedir u obstaculizar las importaciones.

A esa mentalidad que cree en los daños del Libre Comercio se le suele llamar Mercantilismo —que es la creencia de que lo mejor que le puede pasar a un país es tener la mayor cantidad de exportaciones y de ser posible, ninguna importación. Se piensa que eso es positivo y, por tanto, las barreras al Libre Comercio son con frecuencia bien recibidas sin considerar su efecto neto: el beneficio inmediato a las industrias protegidas y el daño general a todas las personas por causa de precios más altos de los que podrían pagar si las importaciones fuesen permitidas. Es natural que, por esto mismo, los principales promotores de las barreras sean los empresarios nacionales y sus sindicatos.

Los medios, al reportar sus noticias, acostumbran hablar de reciprocidad comercial entre las naciones —es la idea de que si un país no tiene barreras al Comercio Libre tampoco las deben tener los países con los que sus ciudadanos comercian. La idea tiene popularidad por tener una naturaleza igualitaria: condiciones iguales para todos. A pesar de ello, la realidad es que una apertura unilateral de libre comercio es positiva, aunque desde luego la apertura mutua será aún mejor.

Los políticos en campaña incluyen con frecuencia un susto intencional para atraer electores —los atemorizan diciendo que los bienes importados significarán el cierre de fábricas nacionales y, por eso, la pérdida de empleos. Se trata de un chantaje barato, pero exitoso, que el gobernante capitaliza aprovechando la ignorancia del elector. Es sencillo deshacer el argumento al darse cuenta de que no es aplicable dentro de una nación: no tiene sentido suspender, por ejemplo, la apertura de una planta local que produzca un mejor producto que afecte a otra planta que produce uno de inferior calidad y más caro. Hacer esto equivaldría a suspender la innovación y el progreso.

La defensa del empleo es un argumento emocional que no considera los más complejos mecanismos —no tiene sentido usar recursos personales para producir lo que en otro lugar puede comprarse a mejores precios: por eso, la persona compra queso y no lo hace ella misma pues si lo hiciera ello le costaría más que el comprar el queso producido por otros. El impedir importaciones tiene el mismo efecto, el de desperdicio en el uso de recursos, lo que incluye el capital humano empleado en hacer lo que no conviene y beneficia a ese personal pero daña al resto de las personas dentro del país.

Es verdad que las importaciones pueden dañar a ciertas industrias y causar desempleo en sus sectores, por lo que protegerlas es una acción visible y popular para un gobierno —pero ignora las consecuencias más difíciles de ver: el resto de las personas en realidad estarán pagando más de lo que debieran y resultan dañadas. Los únicos beneficiados son las empresas y los trabajadores del sector protegido, el resto son lastimados. Este daño puede con facilidad incluir la pérdida de empleos en otros sectores que se vuelven menos competitivos por tener insumos más caros.

Una de las costumbres más arraigadas en el reporte de noticias sobre el comercio exterior de un país es el resaltar como malo un saldo comercial negativo —el país está comprando del exterior más de lo que está exportando, lo que suele ser visto como un foco rojo de la economía. Una lógica muy superficial indica que eso no debe suceder y que debe corregirse, por ejemplo, con tarifas a importaciones.

Esa mentalidad es curiosa porque no aplicada al comercio interno jamás —una noticia que reporte que el déficit comercial de Punta Arenas en Chile debe solucionarse sería impensable. Lo mismo debía aplicarse al comercio exterior. La cifra del déficit comercial no tiene mucho sentido y si acaso lo llega a tener, sería viendo sus datos en el largo plazo. Las personas al comprar y vender se comportan de manera lógica, comprando en el exterior o en el interior, intentando beneficiarse a sí mismas con productos de consumo y de capital, sin considerar déficits personales con el supermercado o con el dentista.

Cuando se importa un bien, muchas personas consideran a esa acción como muy diferente a la de una compra de un bien nacional —pero en realidad no hay diferencia alguna pues todo lo que sucede es que una persona en Guadalajara, México, le compra un vino a otra persona en Burdeos, Francia. La localización de las personas no causa una diferencia de calidad en la compra-venta. Si no se considera siquiera el déficit comercial de un barrio de una ciudad con otro barrio de la misma ciudad, tampoco tiene sentido hacer esa consideración entre Burdeos y Guadalajara.

El déficit de comercio exterior, en todo caso, podría tratar de igualarse con la conducta de una persona individual que decide gastar todo lo que tiene sin otra consideración en mente —terminando por consiguiente en la ruina. Lo mismo le sucedería a una nación cuyos habitantes por entero hicieran eso mismo, pero la realidad es que las personas no tienen incentivos para comportarse de esa manera consistentemente en todo un país —para seguir comprando no hay otro camino que seguir vendiendo también.

En general, para comprender las falacias en contra del Libre Comercio, debe verse la lógica natural a los intercambios voluntarios de bienes —si una persona compra una pieza de queso en un supermercado, esta acción beneficia a las dos partes involucradas pues de lo contrario nada sucedería: el supermercado prefiere el dinero más que el queso y el comprador prefiere el queso más que el dinero que pagó por él. Esto se mantiene con independencia de los lugares en lo que se encuentren el comprador y el vendedor —no tendría sentido calcular el déficit comercial entre los municipios del estado de Chihuahua en México. Sería incluso mejor ver al déficit comercial como un indicador positivo pues significa mejores y más baratos productos.

Lo anterior no agota los argumentos en contra del Libre Comercio, pero sí señala el error básico que ellos tienen —el de considerar que comprar en otra nación es diferente a comprar dentro del país. Pensando que comprar en otro país no es diferente que comprar dentro del mismo pueden derivarse razones que derriben otros argumentos que favorecen las barreras comerciales: desempleo temporal o sectorial, ingresos gubernamentales por impuestos, protección a industrias nacientes o pequeñas, conveniencia de la auto-suficiencia.

Adicionalmente debe hacerse otra consideración —la de considerar todos los efectos de una medida económica en el largo plazo para todos. Aprobar una medida por sus efectos inmediatos y visibles en un sólo grupo es un acto irresponsable. Este principio de prudencia está sujeto a ser escasamente comprendido y el éxito de su implantación dependerá en mucho del buen sentido de los gobernantes más que del conocimiento del ciudadano común siempre más dispuesto a las apariencias.
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