Tantos elogios recibe la democracia que llega a tener connotaciones celestiales. Tanto se alaba a la democracia, que termina por convertirse en una entidad sin faltas, sin defectos. La democracia ha sido transformada en una utopía. ¿Lo es verdaderamente? Desde luego que no.
Ningún análisis serio puede concluir que la democracia es un sistema sin defectos. Los tiene y grandes. Es eso ya mil veces repetido. La democracia es un mal sistema de gobierno, pero es el mejor que los hombres hemos podido inventar.
Y sucede así que quien carece de democracia en su país, por todos lados escucha las maravillas de ese sistema; claro, al convertirse a la democracia, el habitante de ese país es golpeado con la dura la realidad. La democracia sí tiene defectos, no es tan limpia como se creía.
Para comprender mejor las campañas electorales mexicanas para la presidencia en 2006 ayudará mucho consultar la idea de un especialista en la materia, a Jeff Greenfield, autor de Playing to Win, an insider's guide to politics, Simon and Schuster, New York, 1980, Chapter II Understanding the political terrain and the eternal principles of politics, pp. 32-57.
Greenfield es un asesor político electoral en los Estados Unidos. En su libro muestra un panorama de la democracia que pocas veces se ve, el de la realidad electoral. No acude el autor a elevados principios filosóficos. Greenfield rompe el bonito mármol de la democracia para enseñarnos el lodo que lo sustenta.
El primer principio del aspirante: su nombre debe ser conocido
La intención del autor es mostrar la realidad de las elecciones políticas, para con esa información concluir algunos principios que deriven en una estrategia ganadora de cualquier candidato. Empieza afirmando que los detalles de las tácticas electorales no pueden ser proyectadas de una campaña política a otra.
Sin embargo, según él, sí hay principios que se mantienen vigentes.
Uno de esos principios es claro y hasta obvio: quien seriamente tenga la intención de tener una victoria electoral tiene la preocupación clara de ser conocido y mantenerse en la boca del ciudadano.
Sólo aquellos candidatos que son capaces de capturar la atención nacional tienen probabilidad de ganar una presidencia. El nombre del candidato tiene que ser conocido, muy conocido, si es que él quiere tener probabilidades razonables de ser elegido.
Para México, este principio de campaña electoral es muy famoso. Los políticos que aspiran al puesto grande hacen todo lo posible por estar bajo las luces de los reflectores, para que así su nombre sea conocido, popular y mantenido en la boca de todos.
Las maneras son obvias, por ejemplo, con ruedas de prensa muy frecuentes que logren poner sus nombres en los medios noticiosos a diario en todo el país; con declaraciones coloridas, con controversias, con ataques, con defensas... lo que sea, con tal de que su nombre sea más conocido que el de sus rivales. Esto le dará la mayor ventaja posible.
No hay campañas de caballeros
Sigue Greenfield con su análisis para hacer otra afirmación:
no hay campañas políticas que sean limpias y de caballeros. Una campaña electoral es en realidad una operación de guerra que persigue un solo objetivo, ganar.
No hay resultados intermedios, o se gana o se pierde. Eso produce un estado mental, al que se añade un elemento que eleva las tensiones de campaña. Los candidatos tienen enemigos claros, abiertos y conocidos. Los candidatos están plenamente conscientes de que en alguna parte hay gente trabajando directamente para derrotarlos.
Dentro de una campaña electoral no hay posibilidad de que exista la objetividad. Todo se supedita al objetivo de ganar. Se crea por tanto un cuadro mental en el candidato. Quien de verdad aspira a un puesto de elección popular entiende
todo suceso desde el punto de vista de su campaña. Si gana un cierto equipo de fútbol, ¿es eso bueno para la campaña? Si hay una inundación, una sequía, cualquier cosa... El candidato va a examinar el hecho bajo el criterio de si eso le ayudará o no a su victoria.
En México, las campañas de los candidatos han empezado ya, al menos las de algunos y comprueban lo que dice Greenfield: son despiadadas e inmisericordes. No hay cuartel ni regla que se respete, se trata de una auténtica guerra en la que todo se vale y cualquier oportunidad va a ser aprovechada por el rival. En México esto ha sido patente y lo peor, los pleitos electorales han sido confundidos por los medios como asuntos políticos, cuando en realidad no lo son. Si el ambiente actual está lleno de ataques feroces, resulta razonable esperar que en el futuro empeoren y México sea testigo de situaciones políticas serias.
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