Martes 14, octubre 2008 
 
 
 

 

Viernes 28 de diciembre de 2007. Núm. 72 
Pena de Muerte: el Dilema
 
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Dos lados del asunto
Leonardo Girondella Mora

¿Funciona la pena de muerte? La respuesta más lógica que existe, al menos en teoría es que sí —entendiendo por funcionar, el cumplir con un cometido claro: prevenir más asesinatos sentando un precedente público, el de dar esa máxima pena a quien asesina.

Para explicar eso no hay necesidad de caminar mucho, ni tener análisis complicados —se trata de un estímulo tangible y visible, un castigo grande para una pena grande. Los economistas hablarían de incentivos, yo prefiero el término estímulos, pero el centro de todo es el mismo. Quien sea que tiene frente a sí la decisión de matar a otro, sabe que el castigo que puede recibir es ejemplar —lo pensará más de una vez antes de hacerlo.

El tema va y viene y es generalmente tratado en las opiniones comunes con descuido, tomado usualmente la posición política más cómoda —la de decir que está probado que la pena de muerte no funciona. Decir eso no sólo va en contra de mucho de los que se sabe, sino que debilita a los argumentos en contra de ese castigo, que son morales y no de efectividad. Abundo sobre esto algo más.

Existen personas que son opositoras a la pena de muerte, una opinión que como cualquier otra en un tema central, merece justificaciones. Suelen ellas decir que no tiene sentido matar a culpables de horrendos crímenes porque ese castigo no previene crímenes de igual magnitud. Su argumento está soportado en los objetivos que tienen las penas legales: evitar que la misma persona cometa otro delito futuro y mostrar al resto lo que sucede a los criminales.

Si una pena, la que sea, no produce un efecto de disuasión —de estímulos negativos para evitar que otros cometan delitos similares—, entonces, desde luego, esa pena legal debe ser revisada y cambiada para que sí tenga esa función. Los opositores a la pena de muerte, en general, alegan eso, dicen que ella no previene futuros delitos.

La realidad parece demostrar lo opuesto —un estudio al respecto señala que existe una relación negativa entre la aplicación de la pena de muerte y los asesinatos —cuando una sube, los otros bajan, y viceversa. Son datos públicos de los EEUU de 1979 a 2004. No son los únicos datos que señalan que por cada ejecución hay una reducción en el número de asesinatos; en este caso, 71 asesinatos menos por cada pena de muerte aplicada (WSJ).

La cuestión se quedaría sólo en una discusión científica entre los opositores y los defensores de la pena de muerte, si no fuera por algo moral más allá de lo discutido por costumbre. Los estudios y su metodología pueden ser sujetos de discusión, pero la realidad es que existen datos convincentes al respecto —la pena de muerte sí tiene ese efecto disuasivo. Si otros estudios indicaran lo contrario, la conclusión sería la natural: hace falta investigar más y ninguna de las partes tiene aún la razón.

Pero la discusión no para allí —los opositores dicen que no funciona, que no sirve para detener y disminuir el número de asesinatos. Supondré que esos opositores sean convencidos de lo contrario a su opinión y que reconocen al fin que sí funciona, que sí se disminuye el número de asesinatos. Si logro hacer esto, entonces seguiría otra discusión, la moral.

¿Es moral la pena de muerte? El opositor a la pena de muerte objetará la implantación de la pena de muerte acudiendo a razones morales —nadie puede quitar la vida a otros, así sea a un asesino en serie, el peor de todos. Dirá, con poder moral, que una autoridad no puede asesinar, que la vida es parte de los derechos humanos que no pueden ser violados. El argumento es muy poderoso y convincente —suele ser el final de muchas discusiones, incluso de aquellas en las que se acepta el poder disuasivo del castigo máximo.

Pero, en verdad ese es un mal término de la discusión, quizá no se haya siquiera tocado la mitad del problema —el error cometido es uno de amplitud de vista: sólo se ha puesto atención en el asesino y su castigo, pero se ha olvidado la otra parte, la de las víctimas potenciales. Isaac Ehrlich de la Universidad de Búfalo reportó sus hallazgos en el American Economic Review de 1975: por cada pena de muerte ejecutada se evitaron ocho muertes de personas inocentes.

La palabra clave es “inocentes”, el punto que señalan también Roy D. Adler y Michael Summers en la referencia anterior del WSJ, de donde tomé los otros datos: si la pena de muerte no puede aplicarse porque nadie puede quitar la vida a otro, eso significa que al no aplicarla se estarán teniendo muertes mayores a las que se podían tener —hay gente inocente que morirá por no aplicar la pena de muerte.

El tema es al menos ardiente y presenta uno de los dilemas que el mundo coloca frente a quienes se atreven a pensar yendo más allá de lo visible a primera impresión. Resulta en extremo miope, pienso, que alguien se oponga a la pena de muerte sin considerar las consecuencias imprevistas de esa posición personal. Es muy encomiable el sustentar que la vida es un derecho que nadie puede quitar y que por eso la pena de muerte debe ser prohibida —lo es mucho menos el tomar esa posición por motivos de falta de análisis o de repetición de ideas aceptadas por otros.

El dilema que tiene frente a sí el gobernante en el caso de la pena de muerte no es diferente en su esencia al de todo el sistema judicial y policiaco de un país —el mal manejo y el mal funcionamiento de esa obligación del gobierno resultará en la elevación de víctimas inocentes que podía haberse evitado. El dilema no es sólo aplicable a la pena de muerte, sino a todo el sistema de persecución de delitos. Si se acepta que la pena de muerte disminuye el número de asesinatos, el no aplicarla significa aceptar que een el futuro serán asesinadas personas inocentes y que eso podía haber sido evitado.

La cuestión en última instancia es el plantearse en lo personal qué haría uno sabiendo esto. La solución no es sencilla, pero sí creo que hay un principio subyacente: en ciertos casos extremos la pena de muerte sí está justificada, no en sí misma, sino por las vidas de inocentes que eso salvará.

ADDENDUM
Un planteamiento como el anterior tiene un defecto sensible —el de la percepción: las muertes evitadas de inocentes jamás serán vistas: no son realidades que se perciban. Son hechos que no ocurrieron y, por eso, a pesar de ser reales, no son tangibles y tienen poco peso probatorio en razonamientos superficiales.



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