La carta AmaYi® anterior fue dedicada a detallar ideas esenciales del liberalismo, en un intento por determinar su significado. Fue tomado como eje un libro (Heywood, 2003), que es una breve enciclopedia de las principales ideologías políticas y sobre él, hacer precisiones acerca del liberalismo. La presente carta continúa con esa tarea tratando temas como el gobierno, la ley, democracia, la globalización, el neoliberalismo y otras ideas en su relación con el liberalismo.
Esta carta está basada en la obra de Heywood, Andrew (2003). POLITICAL IDEOLOGIES: AN INTRODUCTION. New York. Palgrave Macmillan. 0333961781, pp 39-57. Se trata de la segunda parte del capítulo dedicado al liberalismo. La obra de Heywood es una obra recomendable como referencia no única de la naturaleza de ideas y posiciones políticas. Como en la carta anterior, se han añadido comentarios adicionales todos ellos puestos [entre paréntesis cuadrados], lo que es una excepción en estas cartas que resumen ideas valiosas sin añadir elementos externos a los del autor analizado.

El liberalismo implica por definición la creencia en el gobierno como una entidad necesaria para el bien de todos. La libertad es una idea central del liberalismo y los individuos deben actuar libremente, pero en un mundo imperfecto eso presenta problemas. La libertad puede ser abusada y las personas salir lastimadas. Se necesita una fuerza que impida y castigue esos abusos y esa fuerza es un gobierno soberano.
Es la idea de que la libertad puede existir sólo bajo el imperio de la ley aplicada por un gobierno. En un estado anárquico, sin gobierno, y de absoluta libertad existirán situaciones indeseables de conflicto y atropello, por lo que se requiere algo que lo evite. Es la teoría del contrato social, una ficción reconocida como tal, pero que contiene una poderosa noción: los hombres aceptan que vivirán mejor bajo la autoridad de un gobierno con leyes, que en un estado de anarquía.
Es decir, el gobierno es una creación liberal “desde abajo”, dice Heywood. Es el producto de un acuerdo entre los hombres, las personas lo crean para que les sirva a ellas. Más aún, un estado liberal comprendido así es una especie de árbitro neutral, que
sirve a todos por igual y no a ciertos individuos o grupos [las repercusiones de esta manera de entender a la autoridad gubernamental son enormes y de muy largo alcance; si el gobierno nació para servir a personas libres es lógico que esa autoridad tenga como función esencial preservar la libertad de las personas. Ésa es su misión y su razón de ser, lo que explica el rechazo liberal a los gobiernos interventores de cualquier signo, los que son obstáculos a la libertad de las personas].
Con esa concepción del gobierno, el liberalismo coloca un énfasis especial en el control de esa institución. Un gobierno es siempre una tiranía potencial que debe ser controlada [así se justifica la división del poder en la obra clásica al respecto (Montesquieu, 1993)]. Un gobierno ejerce una autoridad soberana, dice Heywood, y esa autoridad es una amenaza continua para los individuos libres a quienes debe servir.
Está en la misma naturaleza gubernamental el riesgo de abusar de su poder y eso debe ser evitado.
De allí la noción liberal de establecer límites al gobierno por medio de una constitución, la ley más alta y que establece los poderes y deberes del gobierno, bajo el principio central de limitarlo. La constitución para el liberalismo es un instrumento de acotación del poder gubernamental para así servir a quienes lo fundaron. Es central a la constitución la idea del poder controlado por medio de pesos y contrapesos, es decir, la división del poder gubernamental.
Esto es lo que crea mecanismos como el control de primeros ministros por parte de un gabinete de ministros, de los presidentes por parte del legislativo, del legislativo por medio del bicameralismo, además de las divisiones territoriales dentro de la nación, es decir, el federalismo para controlar al gobierno central. [La idea de la fragmentación del poder es realmente central para el liberalismo y su obsesión con la idea de evitar los abusos de poder. La propuesta de Popper (Popper, 1966) es especialmente importante aquí al enfatizar que esa división del poder es un seguro que evita abusos y permite cambios pacíficos de gobierno. Un amplio
ensayo está dedicado a este tema del equilibrio del poder (García Gaspar, 2005)].

El liberalismo está íntimamente asociado con la democracia, un concepto sobre el que no existe consenso acerca de su definición; incluso existen definiciones en conflicto. La democracia más generalizada y que parece haberse impuesto a las demás es la llamada democracia liberal y que contiene dos elementos distintos. Su elemento liberal es el de un gobierno limitado y su elemento democrático es el de un mandato popular. A continuación Heywood señala tres características principales de esta democracia liberal:
• Un gobierno delegado, es decir, indirecto y representativo. Los gobernantes son elegidos por medio de elecciones en las que cada persona emite un voto de igual peso, con independencia de sus rasgos personales.
• Un gobierno basado en la competencia y la selección electoral. Se alcanza esto con un sistema de partidos, de pluralismo político que implica otro rasgo liberal, la tolerancia a ideas opuestas entre sí.
• Un gobierno que está claramente separado de la sociedad civil, que ayuda a mantener su poder limitado por controles internos y externos, con la existencia de asociaciones ciudadanas autónomas y mercados libres [el punto de las instituciones privadas es central en la más clásica obra sobre la democracia (Tocqueville, 1978) y que implica que una democracia radica en su mayor parte en el espíritu de los ciudadanos que forman esas asociaciones].
[Me parece obvio que Heywood falla al no incluir el otro rasgo vital de la democracia liberal, tratado antes, el de la separación de poderes. La elección de un gobierno nuevo por medio del voto popular es una de las formas de división del poder, pero seguramente son más importantes las otras.]
Continúa el autor analizado afirmando que en el siglo 19 los liberales tenían sentimientos ambivalentes frente a la democracia, a la que veían como peligrosa. La razón de este temor es que la democracia puede tornarse un gobierno de las masas y por ello minar las bases de la libertad personal. El pueblo es una colección de muy diversos puntos de vista e intereses propios, muchas veces opuestos. Ante esto, la solución de la democracia es numérica: la mayoría gana y prevalece sobre la minoría y con eso nace el temor expresado en la frase “tiranía de la mayoría”.
La libertad, el valor central del liberalismo, puede ser aplastado si así lo decide la mayoría. Por esto es que son vitales los mecanismos de la fragmentación del poder, para proteger la libertad de todos, especialmente de las minorías [el tema es vital y ha sido llevado hasta definir a la democracia no como la voluntad de la mayoría, sino el respeto de las minorías]. El temor es el del voto de personas no educadas, que tienden a ver de manera estrecha lo que les beneficia a ellas, mientras que sucede lo opuesto con el voto educado.
Heywood menciona explícitamente la obra de Ortega y Gasset (Ortega y Gasset, 1995), en la que se previene de la posible destrucción del mundo civilizado por parte de una democracia masiva que lleve al poder a gobernantes autoritarios que apelen a los bajos instintos de las masas [el aviso es real: entendida la democracia como la voluntad mayoritaria, su esencia misma es prostituida y puesta al servicio del dictador que se legitima bajo el voto popular, pero que viola la esencia democrática de la separación de poderes y a una autoridad acotada que sirva a todos por igual].
Uno de los casos más usados por el liberalismo para justificar un gobierno limitado es el de los impuestos. Si la autoridad tiene el poder para expropiar porciones de la propiedad personal, es lógico que las personas sean las que eso decidan por medio de su representación dentro del mismo gobierno en el legislativo. Esto ilustra bien la mentalidad liberal sobre el gobierno: una autoridad de mínima intervención en la vida de personas que son libres.
Heywood continúa insistiendo en la ambivalencia del liberalismo frente a la democracia. Por ejemplo, J. S. Mill entiende que la democracia sin restricciones conduce a la opresión, pero sin ella se llega a la ignorancia y la brutalidad; y piensa que ella es un medio para el cultivo de las capacidades humanas. Es la visión de la democracia como un instrumento de aprendizaje para las personas. En la actualidad, continúa diciendo el autor, se ha dado menos énfasis a la participación y más al consenso.
[Tal vez el error de la democracia haya sido el ser comprendida como un valor en sí misma, cuando en realidad de trata de uno de varios mecanismos posibles para preservar la libertad de personas dignas, con derechos y libres. Verla como el respeto a la voluntad de la mayoría resulta un error grave que lleva a su misma destrucción.]
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